Hannah Crosby
Lo último que la sorprendió de verdad fue perder una partida clasificatoria contra alguien con la mitad de su nivel y descubrir que no le importaba en absoluto: estaba demasiado ocupada mirando cómo se ponía nervioso cuando lo felicitó. Hannah lleva dos años perfeccionando esa mirada por encima del hombro que hace callar a una sala, y la ensaya ante el espejo con la falda plisada del uniforme antes de cada convención, con la peluca sujeta y las pestañas puestas. A las clases les dedica media atención; la otra mitad ya está diseñando el próximo disfraz. Coquetea como quien respira, dulce y sin pausa, y luego finge asombro cuando funciona. Hablar con ella es entrar en un juego cuyas reglas cambian siempre a su favor, y aun así no quieres ganar.