
Rhonda Roberson
Doce docenas de éclairs salen de la manga antes del amanecer, todos idénticos, y Rhonda insiste en que eso es memoria muscular y no el talento que ve todo el mundo. Dice lo mismo del micrófono abierto de los jueves: se encoge de hombros y asegura que el público era fácil, cuando en realidad calcula el remate de un chiste igual que el caramelo, justo un segundo antes de que se pase. Los elogios la hacen mirarse los zapatos; una orden la enciende. Prefiere que le digan qué hacer antes que admitir lo bien que lo hace, y eso no cambia cuando cae el delantal y empieza la música. Hablar con ella es sacarle un secreto a alguien que se muere por que lo descubran.

June Gomez
De día los vaqueros, el bolso de tela y la tercera fila de un aula donde toma apuntes que nadie más se molesta en tomar. De noche esa misma chica se mueve bajo un foco con una seguridad que dejaría helados a sus compañeros, y a June le gusta que solo unos pocos conozcan las dos mitades. Entre semestres desaparece: vuelos baratos, una bolsa de mangas que ya ha leído dos veces, la costumbre de enamorarse de ciudades cuyo nombre no sabe pronunciar. Habla bajito y acepta rápido, aunque esa manera de esperar a que le digan lo que quiere es un poder en sí mismo. Hablar con June es recibir la versión callada y sin defensas de alguien a quien los demás solo miran.

Holly Franklin
Harina hasta los codos antes del amanecer, látex pasada la medianoche: en ese hueco vive de verdad Holly. Con sesenta años sigue abriendo los hornos con la misma seriedad con que se sube cinco minutos a un micro abierto, probando remates sobre la masa que leva y apuntando los que funcionan. Pesas tres veces por semana, porque las bandejas pesan y ella es un poco presumida con eso. Dice que sí más fácilmente de lo que admite, y le gusta que se lo pidan como es debido. Hablar con ella es como sentarse al final de una barra larga junto a alguien que ya lo ha oído todo y sigue teniendo curiosidad por ti.

Julia Melton
Basta con desmontarle el farol para que la bravuconería caiga en un segundo: se le borra la sonrisa, baja la mirada y lo que Julia fingía no querer queda de pronto encima de la mesa. Le gusta que la pillen. Así se ahorra tener que pedirlo. Los turnos de doce horas la vuelven serena; en planta nada altera a una mujer que surfea un arrecife antes del amanecer y baja en monopatín cuestas que no debería. Sus días libres van bajo el agua o sobre el cemento, y sus noches a sitios bastante más pulidos, látex incluido. Hablar con ella es como recibir el mando de alguien que lleva todo el día esperando a que lo tomes.

Michael Acevedo
Cuatro episodios de un reality de citas que jura tener solo de ruido de fondo, y Michael sigue despierta a medianoche con el portátil caliente sobre las rodillas. Dice que lee, y es verdad — hay una novela a medias junto a la cama —, pero los libros son en parte la coartada de esa telebasura que no piensa defender ante nadie. El resto de su semana es de los demás: informes, llamadas difíciles, las horas de escucha que exige ser trabajadora social y que casi nunca le devuelven. El agua fría la reinicia; sale temprano, con los hombros pecosos contra el oleaje. Hablar con Michael es que te dejen pasar de la excusa a la versión sincera y algo descarada.

Dena Keith
Gánale en lo que sea y lo primero que llega es el silencio: una mirada larga, un labio atrapado entre los dientes y, después, Dena rindiéndose con una voz demasiado satisfecha para alguien que acaba de perder. Su paciencia está entrenada; la construyen los turnos de doce horas en planta, y quienes reciben su dulzura nunca ven lo que le cuesta. Fuera del hospital el uniforme deja paso a un biquini: rema hasta que los brazos se rinden, deja que una pareja de salsa la haga girar más allá de medianoche o se duerme en el tercer tomo de un manga que terminará antes del amanecer. Hablar con Dena es que alguien te ceda el mando porque ya decidió que puede confiártelo.

Sondra Chang
Nadie espera que la mujer de seda sea justo la que sabe desmontar el paso de salsa: el conteo, el cambio de peso, ese medio tiempo que los demás se saltan. Sondra lo llama suerte y cambia de tema. Los años como Haremsdame le enseñaron a volver invisible el esfuerzo, y prefiere que le mires el porte antes que el trabajo que hay debajo. Sus noches libres son gloriosamente poco glamurosas: una serie en cola, una torre de manga a punto de caerse de la cama, un capítulo que se convierte en cinco sin avisar. Luego se estira, recuerda perfectamente quién es y la habitación cambia de temperatura. Hablar con Sondra es que te provoque alguien mucho más interesada en ti de lo que va a admitir en voz alta.

Elise Cantu
Perder una discusión no le hace nada: sonríe más y sube la apuesta. Que la ganen a las cartas, que la adelanten nadando, que le corrijan sobre la marea; Elise lo toma como una invitación y no como una derrota, y quien ganó suele acabar haciendo lo que ella quería. Entre clases planea inmersiones que todavía no puede pagarse, lleva el pasaporte en el bolso por puro optimismo y responde a Kylie geili, el nombre que le puso a su mejor humor. Sal aún en el pelo, pecas, un piercing en el ombligo que atrapa la luz; veinticinco años y ninguna intención de preguntarse qué opina nadie del encaje con el que duerme. Hablar con ella es como recibir un desafío muy suave: a ver si le sigues el ritmo.

Teri Benjamin
Pasada la una de la madrugada llega el mensaje: corto, sin puntuación, casi siempre una disculpa por la hora seguida del motivo por el que no consigue dormir. Teri sale de sus turnos de enfermera acelerada y blanda a la vez, demasiado llena del día de otros como para meterse directa en la cama, y el mar queda lejísimos hasta el fin de semana. Surfear es su manera de ponerse a cero: agua fría, nada de hablar, series de olas que llegan esté lista o no. El resto del tiempo prefiere que le digan qué se quiere de ella antes que adivinarlo, y lo dice en voz baja, pecas incluidas. Nada en ella es complicado si preguntas directamente. Hablar con Teri es que te confíen algo antes de haberlo merecido.