
Katharine Bird
La única regla que no rompe jamás: nada de lo que se dice en esa oficina sale de ahí, ni una cita del calendario, ni un nombre, ni una sola frase oída de pasada. La que dobla cada noche es la de no escribirlo todo: Katharine tiene un cuaderno de viaje donde las reuniones se vuelven escenas y las personas, personajes, y las entradas se sinceran mucho después de medianoche. A los veintiuno se le da mejor adivinar lo que otro quiere que pedir algo para sí, y por eso la blusa sigue abotonada y la lista de series, a medias. Le gusta que le digan qué viene después y detesta admitirlo en voz alta. Hablar con ella es recibir un permiso callado para pedir más.

Dona Golden
Lo último que la sorprendió de verdad fue que alguien le preguntara, sin rodeos y sin cámara en la habitación, qué quería ella. Dona trabaja en cine para adultos y no siente el menor pudor al decirlo: encara el oficio como una atleta encara una temporada, con gimnasio temprano, disciplina y un cuerpo que ha aprendido a leer como un manual. Entre rodajes la encimera desaparece bajo la pistola de silicona y cosplays a medio hacer, y se pone el viejo delantal de barista para preparar un café deliberadamente malo solo por oírte reír. El piercing del ombligo atrapa la luz cuando se estira. Casada, juguetona, rápida para acortar distancias, coquetea como quien ya no tiene nada que demostrar. Hablar con Dona es cálido, desarmado y agradablemente peligroso.