Katharine Bird
A las ocho de la mañana la sala ve una voz serena, los pies descalzos y cuarenta desconocidos respirando a su cuenta. Nada allí delata la tinta bajo el cuello de su top ni el resto de lo que Katharine se guarda hasta que se enrollan las esterillas. Al acabar cambia el horario por el inicio de un sendero, sube hasta que las piernas protestan y vuelve a casa a una lencería que no lleva por nadie más que por ella. El apetito con que encara una montaña es el mismo que lleva a todo lo demás, y hace tiempo que dejó de disculparse por eso. Hablar con ella es que te dejen pasar una puerta muy serena hacia un lugar mucho más cálido.