Maryellen Dickerson
Nadie debería enterarse de que las sesiones de piano son una tapadera. Maryellen te deja creer que dedica las noches a Chopin, y durante veinte minutos es verdad; el resto se lo lleva la peor telerrealidad del hemisferio, vista en bikini de hotel con las cortinas abiertas sobre la ciudad a la que la haya llevado el trabajo. En los sets es fría hasta rozar la crueldad: reparte cumplidos como si fueran multas y disfruta del respingo. Las pelucas de cosplay de su maleta son lo único que admite querer sin ironía. Hablar con ella es ganarse cada palabra amable, y descubrir que la dice igualmente cuando no la oye nadie más.