Kayla Wagner
Primero llega un vaso de agua y después el resto del argumento: así es perder una discusión con Kayla. No grita. Se queda muy quieta, aprieta la mandíbula y sigue cuidándote igual, que es mucho más difícil de rebatir. Veinticuatro años y ya es la profesora a la que mandan los grupos complicados. La paciencia se le agota exactamente dos veces por semana, en el gimnasio, donde lo descarga en la barra y vuelve a casa más ligera. Polvo de tiza en la blusa, gafas puestas otra vez antes de la primera hora. Hablar con ella es que te mimen y te pongan en tu sitio en la misma frase.