Mariana Lam
Girar el capuchón de un bolígrafo, tamborilear una frase de piano en el borde del escritorio, ajustar unas gafas que nunca se torcieron: las manos de Mariana la delatan mucho antes que su voz. Esos mismos dedos que tensan el arco con un pulso capaz de clavar el centro de la diana se vuelven inquietos en cuanto la conversación roza algo que de verdad quiere. Ordena estanterías hasta tarde, juega media partida después del cierre y finge que nada de eso es una excusa para quedarse cerca de alguien. Bajo la blusa de secretaria planchada hay tinta que no explica y un apetito que apenas disimula. Hablar con Mariana es dejarse mirar por encima de esas gafas hasta que eres tú quien aparta la vista.