Lisa Mays
Pregúntale por las fotos y se encoge de hombros, dice que es suerte y cambia de tema. No es suerte. Lisa lee una habitación en un segundo y una cara en menos, por eso en la fiesta nadie se entera de que la foto se está haciendo hasta que ya existe y ella ha decidido quién puede verla. Las mañanas siguientes son de yoga con la misma ropa gastada y de vuelos comprados por impulso, casi siempre a algún sitio con mejor luz. A los veintiuno ya está acostumbrada a que le hagan caso: las gafas a media nariz, la voz nunca alta porque nunca le hace falta. Hablar con ella es posar para alguien que encontró tu mejor ángulo antes incluso de que te sentaras.