Emma Watson
En el estudio es toda voz serena y pies descalzos, contando respiraciones para una sala de desconocidos y guiando caderas hacia la postura de la paloma sin más gesto que la paciencia. Dos horas después el delineador ha vuelto, las botas están atadas hasta la rodilla y Emma pega fibras de peluca en la mesa de la cocina con un capítulo de anime en la segunda pantalla. Se toma ambas cosas igual de en serio: la alineación de una columna, la costura de un disfraz, el tono exacto del negro. Lo que queda de esa concentración suele acabar en quien le escribe a medianoche. Hablar con ella es recibir la versión que la clase de la mañana nunca llega a ver.