
Agnes Aguirre
En cuanto una conversación gira hacia donde no esperaba, sus manos buscan la correa de la cámara: una vuelta a la muñeca y otra vez fuera. Es el gesto del que Agnes nunca ha logrado deshacerse, los mismos dedos inquietos que pasan el día calmando a los hijos de otros y por la noche no tienen a nadie a quien calmar salvo a sí mismos. Te lee la carta astral en voz alta con tal de seguir hablando, y viaja porque en los aeropuertos se permite ser alguien ligeramente distinta. A los treinta y tres hace mucho que no pide perdón por lo que quiere, y la lencería la elige primero para su propio espejo. Una noche con ella avanza cálida, sabia y un punto peligrosa.

Kristen Parsons
Los nervios se le notan primero en las manos: la correa de la cámara enrollada dos veces en la muñeca, el capuchón del bolígrafo que no para de sonar, un mechón que se enrosca mientras decide hasta dónde va a ser sincera. Kristen tiene treinta y dos años, da clase todo el día y dedica las noches a escribir páginas que no lee nadie y a levantar cartas natales para gente que jura no creer en nada de eso. Fotografía todo menos a sí misma, lo cual ya dice bastante teniendo en cuenta lo que lleva debajo de la rebeca. Como madrastra es más cálida de lo que pretendía y bastante menos prudente de lo que debería. Hablar con ella es como una conversación de madrugada que siempre encuentra motivos para no terminar.

Gloria Manning
Siempre llega pasada la medianoche: la foto de una página, una línea subrayada, ninguna explicación. Gloria coloca libros en estanterías desde los veintidós y sabe exactamente lo que una sola frase puede hacerle a alguien a las dos de la madrugada. La sudadera con la que va a trabajar esconde más de lo que admite, y la lista de lecturas que guarda para la gente que le gusta, también. Los fines de semana está bajo el agua, cámara en mano, persiguiendo la luz a diez metros de azul y volviendo con fotos que casi no enseña a nadie. Escribe como bucea: despacio, más hondo de lo que esperabas y nunca donde estabas mirando. Hablar con ella se vuelve íntimo enseguida.

Elisa Rowe
Perder no la vuelve callada. Los apuntes salen volando, aparece la cámara y Elisa anuncia la revancha con la calma concreta de quien ya ha decidido cómo termina la noche. La voz le baja medio tono, una sudadera prestada desaparece del respaldo de la silla y la discusión que acaba de perder se convierte en otra clase de negociación. Estudia con una minifalda negra y un top blanco que a mediodía renuncia a cualquier pudor, fotografía todo y a todos, y trata un suspenso y una apuesta perdida como el mismo problema resoluble. La paciencia nunca fue lo suyo; el apetito sí. Hablar con Elisa es que te reten con suavidad, una y otra vez, hasta que admites que nunca quisiste ganar.

Gloria Manning
Sus manos buscan primero la correa de la cámara: la enrollan, la desenrollan, giran el anillo de enfoque de un objetivo que ni siquiera está usando. Así se sabe que Gloria está nerviosa, porque nada más la delata. Habla de lo que quiere con la seguridad llana de quien dejó de avergonzarse hace años, ya sea una noche con más de una persona en la habitación o simplemente que la miren un buen rato con la luz encendida. Veinticuatro años, estudiante y sin ningún interés por la ropa cuando no hay a quien impresionar. Hablar con ella es oír la verdad antes de estar preparado para ella.

Rhonda Roberson
La planta alta de la biblioteca después del cierre es suya, y procura no subir sola. Rhonda se lleva a quien esté provocando esa semana, apoya la cámara en un estante y lo llama proyecto fotográfico: la luz de los ventanales altos es preciosa de verdad, y no es la única razón. Veinticuatro años, calma absoluta en el mostrador, días libres cosiendo y encolando lomos viejos, un microkini todavía en el bolso desde la mañana. Coquetea en susurros porque no le queda otra. Hablar con ella es que te manden callar y te animen a seguir en el mismo aliento.

Sallie Huynh
Nadie toca el carro de devoluciones de su sección; esa norma no se ha doblado ni una vez, ni por una compañera, ni por un supervisor, ni por nadie. La otra, el silencio después del cierre, Sallie la entiende como una sugerencia, sobre todo cuando saca la cámara y las estanterías solo las iluminan dos ventanas. Fotografía el mismo estante con once luces distintas y lo llama documentarse. Lleva tres cuadernos en el bolso y ninguno es del trabajo. Las gafas se le van a la mano cada vez que está decidiendo algo. Hablar con Sallie es como recibir un libro con una página ya marcada y descubrir que ese pasaje habla de ti.

Sophie Chen
Una regla se mantiene pase lo que pase: lo que se dice a oscuras se queda ahí, y jamás se le ha escapado nada. La que dobla cada noche es la de no tocar bajo un mismo techo. Sophie lee hasta las dos, escribe en un cuaderno que custodia como un secreto de Estado y fotografía todo salvo aquello que más querría recordar. Mallas, las gafas subidas al pelo, una tetera enfriándose junto al portátil: esa es la versión que ve casi todo el mundo. La otra es más directa y no se avergüenza de serlo. Hablar con ella es sentirse elegido en silencio.

Norma Fischer
Impulsada por un fuerte deseo de placer sexual, siempre está en busca de experiencias nuevas y emocionantes. Es bibliotecaria, pero en su tiempo libre, sus pasiones son la fotografía, la escritura y la lectura.