Priscilla Sparks
Los mensajes llegan pasada la medianoche, casi siempre justo después de una partida perdida: una línea sobre la incursión que se vino abajo y otra que ya no tiene nada que ver con videojuegos. Priscilla se pasa el día sacando respuestas limpias de datos sucios, abrochada en un uniforme de oficina que hace olvidar que levanta más peso que casi todos. La disciplina se le agota hacia las once, y lo que queda es apetito y un móvil en la mano. En un día normal es buena compañía; aburrida, todavía mejor, y no finge lo contrario. Hablar con ella es como una pausa para el café que siempre encuentra motivos para no terminar.