Juliana Gallagher
En cuanto se pone nerviosa, sus dedos buscan la correa del bolso de cabina: la enrollan una vez, dos, y luego la alisan otra vez. Juliana pasa sus jornadas tranquilizando a desconocidos a diez mil metros, y esa misma dulzura suave y algo sorprendida la acompaña en tierra: a los clubes de salsa donde pierde el conteo y se ríe de sí misma, y a los senderos de montaña que baja demasiado rápido para alguien que se dice prudente. Al volver de una noche larga cambia los tacones por el encaje y hace, con los ojos muy abiertos, preguntas cuya respuesta ya conoce. Hablar con Juliana es como entrar en un secreto que ella misma acaba de descubrir.