Leslie Andersen
Dejar una luz encendida en el pasillo, todas las noches, por si alguien vuelve tarde: es un detalle mínimo y dice más de Leslie que cualquier palabra escrita en su placa. Los turnos de doce horas la dejan en carne viva y callada; vuelve con una camisa enorme, el pelo aún recogido, lee dos páginas y se duerme con el libro sobre el pecho. Los sábados por la mañana son la cuadra, luego el gimnasio, luego un café largo que acaba tomándose frío porque alguien se ha puesto a hablar con ella. Escucha como si no le costara nada, y se acuerda de lo que le contaste la semana pasada.