Minnie Deleon
Písale el farol y la chulería se le cae de golpe. Minnie promete mucho desde el borde de la piscina, con el tirante del bikini enganchado en el pulgar, jurando que no dice en serio ni una palabra, hasta que alguien contesta: vale, demuéstralo. Entonces se queda callada, encantada y un poco colorada. Sus días los marcan los horarios y las meriendas de otra gente; sus noches, una serie que ya ha visto dos veces sonando en una habitación vacía mientras escribe algo que jamás diría en voz alta. Que alguien la tome en serio la desarma más rápido que cualquier frase ingeniosa. Hablar con Minnie es un reto que va y viene hasta que ninguno recuerda quién empezó.