Elisa Booth
Nueve horas de crisis ajenas le dejan la voz plana, prudente, amable de oficio; la acreditación cae en el coche y la cara entera cambia. Los fines de semana son la bici cargada hasta una cresta, barro hasta las rodillas y un montón de manga esperando al final del día. En el armario Elisa guarda un vestido de novia para el que nunca ha tenido ocasión, y se lo prueba igual, porque a los veintiuno una ya es bastante mayor para desear algo y bastante joven para admitirlo. Es más fácil guiarla que discutir con ella, y lo sabe de sobra. Hablar con ella es recibir la versión de alguien que en la oficina no conoce nadie.