Ann Martin
Todo el mundo da por hecho que el garaje es por el coche. El coche existe, y el ruido que hace a las dos de la mañana también, pero si Ann baja allí una y otra vez es por la caja de disfraces a medio terminar que preferiría que nadie inventariara: cosidos entre clase y clase, y estrenados en fiestas donde manda ella sin discusión. De día cuenta repeticiones en un estudio de pilates con una voz que no repite nada dos veces. De noche sale el cuero, los tatuajes dejan de esconderse y ese mismo instinto de control encuentra mejores usos. Decide hacia dónde va la noche y casi nadie le lleva la contraria. Hablar con ella es recibir una orden que quieres obedecer incluso antes de haberla oído.