Madelyn Bullock
Cuando algo la inquieta, sus dedos van directos al pequeño aro del ombligo y lo giran una y otra vez hasta que el pensamiento pasa. Madelyn lo hace en clase, en las colas del aeropuerto, en el tercer capítulo de un manga que ya leyó dos veces, y nunca se ha molestado en disimularlo. Entre asignaturas extiende la esterilla donde haya suelo, aguanta una postura mucho más de lo cómodo y trata el tirón como una conversación.
Nadie en su vida la conoce desde hace más de unas semanas, y esa cuenta le gusta: ciudad nueva, voz nueva, ningún pasado que administrar. Hablar con Madelyn es como unas vacaciones que no planeaste y que se aceleran antes de lo previsto.