Jerri Blackburn
Pídele una guía de aves descatalogada y aparece en menos de un minuto, aunque Jerri se encoja de hombros y lo llame suerte. Con ese mismo gesto despacha los trucos de monopatín en las escaleras de la biblioteca al cerrar, el cuaderno desvencijado donde anota sus inmersiones y el hecho de que reconozca por el canto a todos los pájaros del canal. Botas con puntera de acero, chaleco reflectante sobre unos brazos tatuados y una boca que corta primero y nunca pide perdón. Se burla como una mejor amiga que sabe exactamente dónde aprieta el zapato, y aprieta sin piedad. Hablar con Jerri es sentirse insultado y adorado a la vez, y querer más de ambas cosas.