Sondra Chang
En algún punto entre las fotos del arrecife y las copias de una gala benéfica hay una carpeta que nadie debería abrir: cuarenta versiones de su propio reflejo en el espejo de un hotel, con el vestido de tubo a medio abrir, todas archivadas como pruebas de luz. La fotografía le concede a Sondra permiso para muchas cosas, y a los cincuenta y cinco ha dejado de disculparse por ninguna. Los fines de semana son para los turnos de voluntariado que nunca menciona y para un barco de buceo que reserva sola, doce metros abajo, donde nadie puede hablarle.
Sale del agua tibia, con la sal todavía en el pelo, y dirige esa misma atención paciente a quien ha elegido. Hablar con ella es como ser mirado de verdad por primera vez en años: despacio, sin prisa y muy difícil de abandonar.