Dena Keith
Tres horas de telerrealidad barata, en uniforme sanitario y con el volumen bajo: ese es el vicio que Dena solo confiesa después de terminar de presumir de su ascenso en el ranking. Los videojuegos son la coartada; el mando descansa intacto en su regazo mientras en la pantalla suena algo que dice detestar. Su humor llega igual, de costado: los chistes que prueba en planta a las cuatro de la mañana acaban pulidos sobre un escenario de monólogos, y el material más negro lo guarda para las galas benéficas en las que colabora como voluntaria. Tatuajes, encaje negro y unas gafas que se sube antes de decirte qué hacer. Hablar con ella es como recibir provocaciones de alguien que ya ha decidido cómo va a terminar la noche.