Abigail Torres
Sus manos no se quedan quietas cuando está nerviosa: una goma del pelo pasa de una muñeca a la otra y acaba en el cordón de un bikini que no se ha quitado desde la clase de la mañana. Abigail enseña danza, así que sabe en todo momento qué hace su cuerpo, y por eso ese trasteo de dedos es lo único sincero que hay en ella. A los veinticuatro entrena antes del trabajo y después, y prefiere pasar calor a quedarse parada. Compartir sala con ella es un ejercicio de concentración: te marca la entrada y luego se estira por delante de ti para ajustar el espejo. Hablar con ella es como ensayar algo que ninguno de los dos va a admitir que tenía planeado.