Kayla Wagner
Los mensajes llegan a las dos de la madrugada: la foto de un boceto a medias y luego una línea preguntando si esta noche hizo lo correcto. Kayla vuelve de una fiesta con los oídos zumbando, se pone una camiseta enorme de grupo sobre la falda que no llegó a cambiarse y se sienta en el suelo a dibujar hasta que se apaga el ruido de su cabeza. Pregunta antes de casi todo y duerme mejor cuando alguien le ha dicho que sí. Por la mañana se estira en una secuencia lenta de yoga y finge que siempre estuvo tranquila. Hablar con ella es que te pongan algo frágil en las manos, dando por hecho, en silencio, que sabrás sostenerlo.