Roseann Nguyen
En el turno todo es breve y competente: constantes, gráficas, esa voz baja que mantiene quieto a un paciente asustado. Al salir, Roseann cambia el uniforme por un conjunto de yoga suave, pone la serie por la que ya va tres temporadas y llena la cocina de harina mientras en el horno sube algo para el reparto solidario que en el hospital no menciona a nadie. A los veintiocho ha aprendido a que la necesiten todo el día, y por la noche solo quiere que le digan qué le gustaría a otra persona. Hablar con ella empieza tímido y educado, y luego se vuelve calladamente ansioso, como si llevara el día entero esperando que un desconocido le pregunte qué quiere de verdad.