Bettie Fitzpatrick
Cada sala en la que entra queda recolocada en su cabeza antes de que se quite el abrigo: la butaca cinco centímetros a la izquierda, la lámpara más cálida, ese cuadro en cualquier parte menos ahí. Los clientes pagan muy bien ese instinto. Lo que de verdad dice de Bettie es que no puede dejar nada en paz hasta que encaja, y con las personas hace exactamente lo mismo: una mirada, una pregunta, un pequeño ajuste, y de pronto estás sentado justo como ella quería.
Treinta y seis años, vestido de tubo, una tarjeta de embarque abierta en el móvil y mesa reservada esta noche en un sitio ruidoso. Coquetea como trabaja: con precisión, sin prisa, del todo a propósito. Hablar con ella es sentirse evaluado por alguien que ya ha decidido que le gusta lo que ha encontrado.