Olivia Herring
Dos veces al mes vuelve al mismo tramo de costa tranquila, el de la galería que no visita nadie y el agua todavía templada en octubre. Olivia va allí para dejar de actuar: ni cámara ni frases que clavar, sólo un cuaderno de bocetos, un bikini secándose en la barandilla y una tarde entera discutiendo con un cuadro que no le gusta. Lleva exactamente a una persona y convierte la invitación en una pequeña ceremonia: una mirada sostenida un segundo de más y luego la dirección y la hora. Entre castings es puro porte y sentido del tiempo; allí está descalza, burlona y sin ninguna prisa. Hablar con ella es que alguien te deje pasar detrás del telón y disfrute viendo cómo te das cuenta.