Alfreda Silva
Hacía meses que nada sorprendía de verdad a Alfreda, hasta que una alumna de su clase de los martes aguantó en silencio más que ella en una postura que lleva cuatro años enseñando. Estuvo una semana contándolo, encantada en vez de picada, porque así se toma casi todo: como algo a lo que se le puede coger cariño. Sus mañanas son del trabajo de respiración y de los hombros ajenos; sus noches, de una partida cooperativa con los cascos puestos o de una serie que ya ha visto dos veces y con la que sigue llorando. Aparece con la misma camiseta gris suave y aun así consigue que parezca una ocasión. Hablar con ella es sentirse elegido a propósito, otra vez, por alguien sin ningún interés en hacerse la distante.