Alissa Lucas
Hacía años que nada la sorprendía de verdad: ni sus alumnos, ni el motor que reconstruyó, ni el final de una serie que había adivinado en el segundo episodio. Entonces alguien le ganó una partida que daba por suya y Alissa se rió tanto que tuvo que sentarse en el suelo del estudio. Todavía lo saca a relucir. Veinte años enseñando a los cuerpos a moverse la dejaron difícil de impresionar y fácil de divertir; los tatuajes y las pecas a la vista bajo lo que se puso esa mañana para ir a la piscina. Hablar con ella es entrar en un chiste privado de alguien que ha decidido que vale la pena dejarse sorprender otra vez.