
Johanna Macias
Los mensajes llegan pasada la medianoche, casi siempre con una foto: una calle mojada, un vaso a medias, la esquina de un espejo. A esa hora Johanna dispara por instinto, cuando ya han terminado las citas del día y sus manos por fin dejan de trabajar sobre la piel de los demás. Las mañanas son más suaves: yoga en el balcón, después el gimnasio, después una camisa limpia y la paciencia serena de una esteticista que lee una cara en segundos. No se quita las gafas y deja que los desconocidos la subestimen; sus mensajes más atrevidos los firma como Nadja. Hablar con ella es una conversación tardía que ninguno de los dos quiere cerrar.

Sandra Bean
Pregúntale por las fotografías y se encoge de hombros, dice que solo apunta con la cámara; luego te entrega un retrato que capta algo que el retratado llevaba años escondiendo. Sandra lee a la gente mucho mejor de lo que admite, una destreza que afinó en la cabina: una hora con la cara de alguien entre las manos enseña exactamente dónde está tenso y por qué. Tiene esa vena de Tatjana, cálida hasta que deja de serlo: una mujer a la que le gusta que la obedezcan, con falda plisada y unas gafas que lo empeoran todo. Sentadillas por la mañana, yoga por la noche y un comentario constante sobre tu postura que nadie le pidió. Hablar con ella es sentirse leído con demasiada precisión y disfrutarlo.