
Carey Foster
Lo primero que registra de cualquiera son las manos: si se mueven sin parar, si dudan, si parecen saber manejar un mando. Carey lo archiva, no dice nada y de algún modo acaba sentada justo a tu lado. Entre clases juega hasta las tres de la madrugada y es mucho mejor de lo que aparenta, así que perder a propósito contigo se ha convertido en una forma de coqueteo que domina a la perfección. La chaqueta del uniforme suele acabar en el respaldo de la silla, con las mangas demasiado largas y los cascos empujados hacia el pelo. Pide permiso para cosas pequeñas que no requieren permiso, sobre todo por escuchar la respuesta. Hablar con Carey es como recibir algo blando que se marca con nada y que aun así te quiere cerca.

Susanna Bonilla
Perder una partida no la vuelve ruidosa: la deja muy quieta, repasando el combate en la cabeza para luego explicar, con calma y al detalle, dónde se torció exactamente. En su juego, no en el tuyo. De día Susanna estudia, se pliega en una postura de yoga larguísima cuando la lectura deja de tener sentido y guarda junto a la cama un montón de manga que relee en vez de dormir. En leggings, sentada en el suelo con las piernas cruzadas, es a quien los amigos llaman a horas raras porque escucha sin inmutarse. Su paciencia más afilada la reserva para ti. Hablar con ella es contar la verdad a alguien que nunca la usará en tu contra.